Crónica
Al fondo hay chamba
Parado en una esquina (no tiene que ser necesariamente un paradero, estamos en el Perú), el transeúnte que no tiene para el taxi ni mucho menos para comprarse un carro, espera a que se aproxime su combi para llegar a su destino. Cuando llega, el transeúnte estira el brazo y el vehículo se detiene. El cobrador, parado en la puerta o cerca de ella, le abre las puertas del paraíso y le permite adentrarse en la odisea nuestra de cada día. Luego de que suben los pasajeros, un datero se acerca al cobrador aprovechando que el semáforo está en rojo y le sopla los dichosos numeritos que provocarán el posterior correteo. De otro lado de la combi, un niño limpia apresuradamente la luna del carro, mientras otro niño le ruega al cobrador para que lo deje subir a vender sus caramelos. El pequeño vendedor sube, el color rojo del semáforo se apaga y cede el paso a la luz verde. El chofer pisa con furia el acelerador y los pasajeros se aferran a los pasamanos y a sus propios asientos como quien se aferra también a la vida. “Oiga, maneje como gente, está llevando pasajeros, no animales”, se queja la señora de cabecita blanca y ceño fruncido.
Pague con sencillo y avise una cuadra antes de bajar
Los trabajos que se generan alrededor de la cultura combi no se agotan en el chofer y el cobrador del vehículo, pero ellos son los principales trabajadores de la combi pues se pasan todo el día en ella recorriendo la ciudad. La atraviesan, la succionan a través de los pasajeros, la vomitan a través de los mismos pasajeros que dejarán botados cuadras o distritos más allá. Con ustedes, el chofer y el cobrador: los amos y señores del transporte urbano.
Guillermo Jiménez se despierta todos los días a las cinco de la mañana. Toma su combi para llegar a la casa del dueño de la combi que él va a conducir el resto del día. Comienza su recorrido a las 7:30 y tras tres vueltas desde San Juan de Miraflores hasta el Callao termina su día de trabajo a las diez de la noche.
Su vehículo, una camioneta tipo Coaster de la Empresa de Transportes Real, consume 12 galones de petróleo al día, con lo cual debe pagarle al grifo un aproximado de 84 soles en total. Además, debe pagar a la empresa una cotización fija de 10 soles y 100 soles aproximadamente al dueño del vehículo, los cuales no son ganancia para el dueño porque con ese dinero debe correr con los gastos de mantenimiento: desde la bajada de motor hasta el letrerito que diga “San Juan CT”.
El chofer y el cobrador, además, reciben sus viáticos para dejar la barriga llena y el corazón contento (además de repleto de grasa cuando el menú es una hamburguesa de carretilla a la que se le derrama la mayonesa por todos lados). Si el desayuno les cuesta dos soles, el almuerzo cuatro y el lonche dos solcitos más, estamos hablando de ocho soles en viáticos para cada uno, o sea dieciséis soles. Sacando la calculadora, tenemos como resultado que hasta el momento van 210 soles que deben gastar el chofer y el cobrador cada día al final de su jornada, dinero que obviamente sale de las ganancias obntenidas del cobro de los pasajes.
¿Cuál es entonces el margen de ganancia para ambos trabajadores? Si a lo largo y ancho del día ganan 270 soles, tienen que descontar esos 210 soles de gastos y dividirse los 60 restantes entre los dos. Pero es solo una especulación optimista que saquen 270 en un día para que puedan irse contentos a casa con sus 30 soles en los bolsillos, porque si otro día obtienen menos ingresos, son ellos los que se perjudican.
Como es sabido, en este recuento de gastos no se incluyen las coimas... perdón, papeletas por cometer infracciones. El chofer Guillermo Jiménez se queja de que todas las faltas van a parar a nombre de él, así las haya cometido el cobrador. Si éste último deja la puerta abierta de la combi cuando está en movimiento, será el chofer quien aparezca en los registros de la Policía como el infractor.
Eso explica que los cobradores tengan tanto desparpajo a la hora de subir a los pasajeros empujándolos a la combi, prometiéndoles que irán por rutas que ni ellos mismos saben si recorrerán porque dependiendo de su estado de ánimo (y si la cantidad de pasajeros es rentable) cumplen su ruta o se desvían por senderos alternativos. Total, si la autoridad detecta alguna falta, el cobrador puede escudarse en su compañero y decir: “Yo no fui, fue Teté... digo, el chofer”.
El chofer tiene el privilegio de ser quien dirige los destinos de sus pasajeros, pero es el cobrador quien pasa la mano y recibe los pasajes. Algunos choferes desconfiados contabilizan el número de pasajeros que suben y van sacando su cuenta para que al final del día el cobrador no lo sorprenda en la rendición de cuentas. Pero es imposible llevar una cuenta riguorsa ya que no todos pagan lo mismo: los adultos pagan un sol, los universitarios ochenta céntimos y los vivos, cincuenta céntimos o como se llama en el mundo del transporte urbano: “china”.
A pesar de que la tarifa indica una variedad de pasajes y categorías para el pasajero (adulto, universitario, escolar) y la ruta (urbano, directo, zonal), no todos pagan lo que deberían. Casi todos los pasajeros pagan el pasaje urbano (que según la tarifa está S/ 1.40, pero “¡yo siempre pago un sol, así que cóbrate, nomás”), pero desconocen el pasaje directo (S/ 1.60), que es cuando se recorre desde el paradero inicial hasta el final, y reciben el nombre de “público plomo”. El pasaje zonal, por su parte, se utiliza para tramos cortos de pocas cuadras y en zonas populares por lo general (S/. 1.00 en teoría, S/ 0.50 en la práctica).
3, 2,1 Pamela va adelante
Los paraderos no están poblados únicamente de pasajeros que, haciendo honor a su nombre están ahí de paso, sino que hay un individuo que siempre está ahí cargando en la mano su reloj, su lapicero, su tablita con su cuaderno y portando en el abdomen su canguro para ir guardando el sencillo que le avientan. Se trata del datero, un trabajador bastante informal que le informa a los cobradores de la frecuencia con que van pasando las otras combis de la misma empresa y/o de la competencia.
Carlos Quesquén Pérez trabaja en la intersección de las avenidas Ayacucho y Benavides. Cada vez que pasan las combis de la ruta MI, que va desde Montenegro hasta Villa El Salvador, él les grita los minutos que han transcurrido desde que pasaron los otros carros. Los cobradores de la MI tienen por obligación que darle 30 céntimos en cada vuelta, pero como Carlos no tiene contrato de exclusividad, puede darle sus preciados datos a cobradores de otras empresas, quienes le dan su voluntad: 10 ó 20 céntimos que él se esforzará por atajar como un buen arquero para que la monedita no ruede peligrosamente por la pista. De monedita en monedita, Carlos puede llegar a sumar con suerte entre 25 y 30 soles en un día.
Estaré pasando por sus asientos
Aunque está prohibido el ingreso de vendedores ambulantes a los vehículos de transporte público, tanto ellos como los cobradores saben que las reglas están para romperse y que cuando se puede, hay que darse la mano. Desde castañitas arequipeñas y los infaltables chocolates Olé Olé hasta lapiceros de dos colores (“más barato que en la librería, mira ve”), la oferta de productos es variada, aunque generalmente se vende el mismo discurso.
“Tengan unas cordiales tardes. Mire, padre, mire, madre, disculpa que te interrumpa pero me gano la vida así. Le tengo en esta oportunidad unos ricos productos golosinarios. Son los ricos caramelos a solo S/ 0.20, tres por S/ 0.50. Por favor no me des la espalda. Estaré pasando por sus respectivas asientos. Que Dios los bendiga en su lindo paseo y conversación”, dice Juanito, un niño de apenas 8 años que en vez de jugar como otros niños de su edad, debe subirse a las combis a vender sus caramelos todo el día.
Lo máximo que gana Juanito es 20 soles en un día si ha sabido tocar el corazón y el estómago de sus potenciales compradores. No todos le compran, ni siquiera todos lo toman en cuenta cuando él pasa por cada asiento. A veces no le responden y esa indiferencia es la peor moneda con la que le pueden pagar.


1 Comments:
ok. Sin embargo, hubiera sido interesante sazonar la nota con algunas estadísticas sobre cifra de combis y población que moviliza.
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