lunes, octubre 25, 2004

Ensayo

La vedette de los medios

Desde el clásico vladivideo Kouri-Montesinos hasta el reciente escándalo Toledo-Espá, las imágenes televisivas han venido demostrando su decisivo papel en la conformación de la agenda de los demás medios. La televisión peruana se presenta así como una vedette: es la más vista, la más comentada y acaso la más deseada, pero también la más superficial y frívola.

Convertidos en fieles discípulos del apóstol Tomás, los telespectadores peruanos dan fe de la veracidad de la información si la ven en su televisor, creen porque ven. Como señala Ignacio Ramonet[1], el nuevo sistema periodístico acredita la ecuación “ver es comprender”. Esto ha facilitado sin duda el hecho de que el periodismo escrito, el radial o el electrónico hayan perdido tanto protagonismo frente al periodismo televisivo.

Como la televisión ha asumido el rol de marcar la pauta en nuestro país, vemos que el concepto de informar queda reducido al mero objetivo de enseñar la historia en marcha.
Es más noticiable aquello que tiene imágenes que lo sustenten, aún si se trata de imágenes escabrosas, realmente desagradables. El triste calvario que sufrió el difunto alcalde de Ilave, Cirilo Robles, fue retransmitido hasta la náusea por los canales de televisión locales, que se regodeaban en la violencia y crueldad desatadas en ese video.

Esto conlleva que la televisión se tome el atrevimiento de construir la actualidad, condenando al silencio y la indiferencia a los hechos que carecen de imágenes. Es aquí donde pueden salir airosos los otros medios y aprovechar sus potencialidades, pero salvo honrosas excepciones, la prensa, la radio e incluso internet no son más que cajas de resonancia de lo que ya se vio por televisión. Y si algún acontecimiento importante no se vio por TV, no tiene cabida en los otros medios.

Si la televisión es, entre los medios de comunicación, la vedette, a la prensa escrita le ha tocado jugar el papel de la vieja anticuada. Mientras que la radio, las páginas web informativas y la TV gozan de la instantaneidad, la prensa diaria está obligada a ser la última en llegar al público con la información y por eso, su reto a la hora de informar debe ser mucho mayor.

En realidad, la gente no compra los diarios para enterarse qué ha pasado en el Perú y el mundo: ya lo revisaron por internet, lo vieron la noche anterior en el noticiero o lo escucharon por la mañana en la radio. El encanto de comprar El Comercio, La República, Perú.21 u otros diarios debe radicar en la interpretación y opinión que se hace de los acontecimientos. Informarse debe exigir así un esfuerzo por parte de los ciudadanos, un interés en profundizar en las noticias y analizar sus implicancias en su vida individual o la vida colectiva del país.

Mientras que a la TV solo le interesa la sangre del alcalde de Ilave o los quejidos del hombre quemado vivo en Azángaro, cierto sector de la prensa se enfrascó en hacer zoom en esos macabros detalles desatando el morbo de sus lectores. Felizmente no se puede generalizar, porque muchos medios más comprometidos con el análisis de la información se esforzaron por tratar de entender el complejo tramado de conflictos sociales que están llevando a ciertos individuos a creerse con derecho de tomar la justicia con sus manos.

¿Cómo se puede discernir un hecho verdadero de uno falso? Los hechos son tomados por veraces si todos los medios repiten las mismas afirmaciones hasta crear un solo discurso homogéneo y sospechosamente “oficial”. Lo peligroso de contar con un único sistema de información es que se termina creyendo en todo lo que se consume en los medios. Pero la triste experiencia de la corrupción de los medios de comunicación en la década pasada nos lleva a cuestionarnos sobre la veracidad de la información que vendían esos medios. Si en todos lados veíamos a Fujimori como el superhéroe redentor de los peruanos y a sus opositores como una sarta de incompetentes pájaros fruteros, es porque los medios estaban asquerosamente comprados por la mafia.

Si los peruanos no somos capaces de aprender de esa lección y no desconfiamos de las denuncias no sustentadas y las afirmaciones no cruzadas con todas las partes involucradas en el conflicto, corremos el riesgo de volver a convertirnos en roedores que siguiendo al flautista de Hamelin caeremos en el abismo de la desinformación.

[1] RAMONET, Ignacio. “Informarse cuesta”, editorial del primer número de la edición española de Le Monde Diplomatique. Noviembre de 1995.